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Los polinesios conocían al dios-tiburón que vivía en una gran caverna de la cual no regresaba nadie.
En la Mitología de los aborígenes australianos el tiburón tigre Bangudja atacó a un hombre-delfín en el golfo de Carpentaria dejando una gran mancha roja que todavía puede verse en las rocas de la isla Chasm. Los isleños de las Salomón, cuya concepción religiosa consiste en espectros, espíritus y otras manifestaciones sobrenaturales, creían que los cuerpos de los tiburones estaban habitados por almas de los difuntos.
En el arte de los indios de la costa noroccidental de América del Norte, el pez-perro se utilizaba frecuentemente como motivo decorativo para recordar a la mujer que fue raptada por un tiburón y llegó a confundirse con él. Pero, aparte de los pueblos del Pacífico, el tiburón en general ha tenido poca importancia en la cultura. Las leyendas europeas hacen pocas referencias al tiburón. Estos sólo aparecen en las Historias Naturales o en los diarios de los torreros, donde frecuentemente se describía y se identificaba a estos seres a menudo grandes y siempre misteriosos. No fue hasta épocas muy recientes que el tiburón se inmiscuyó material y figuradamente en el conocimiento colectivo.
Nosotros, personas del siglo xx creemos estar muy alejados del misticismo pagano; pero en realidad estamos presos de una mitología aún más poderosa. Hemos elevado al tiburón a una posición en nuestro panteón que sobrepasa la de cualquier otro animal. Quizás es la naturaleza misteriosa del tiburón la responsable de tal entronización. En realidad sabemos muy poco de este animal y se acostumbra a temer lo que no se conoce. Cuando se trata de exponer los ataques de tiburones en todo el mundo, poco más se puede hacer que recopilar los ataques y elaborar hipótesis sobre sus causas. En el mar hay muchos seres de los que sabemos muy poco, pero ninguno nos fascina tanto como el tiburón. Desde algunas mielgas de 30 cm hasta el tiburón ballena de 12 m ( el pez más grande del mundo), las aproximadamente 350 especies de tiburones han conseguido mantener algunos de sus secretos ocultos a los ojos de los científicos. Por ejemplo, el jaquetón, sin duda el más temible de todos; no se sabe prácticamente nada de sus costumbres reproductoras, ni de su velocidad en estado libre, ni sus preferencias alimentarias, ni su abundancia o distribución. De todo lo que no se sabe de este pez, quizás lo más inquietante es su tendencia a atacar personas y a veces devorarlas. Esta inclinación puede no ser otra cosa que el intento de un gran pez carnívoro de comer algo que parece comestible, pero la sencillez de esta explicación no hace disminuir el terror: contribuye más bien a aumentarlo.
A partir de 1974 la reputación del tiburón dio un gran salto adelante, o atrás si se prefiere. En tal año Peter Benchley escribió Tiburón , una novela cuyo principal protagonista en lugar de una persona es un pez, pero no cualquier pez sino un jaquetón. Esta novela obtuvo un éxito rotundo, al igual que la película que se hizo a partir de la misma, siendo durante una semana la película más taquillera de Hollywood. Sin embargo, Benchley no fue el primero que contribuyó a la elevación del jaquetón a su actual posición totémica. Ya en 1916, las noticias de una serie de ataques de tiburones en Nueva Jersey se disputaban el espacio de los periódicos con la batalla de Somme que tenía lugar en Francia. En un periodo de tres semanas murieron cuatro personas en las costas de Nueva Jersey y otra perdió una pierna. Estos ataques se atribuyeron al jaquetón, pero la identidad del atacante ( o mejor, atacantes) nunca pudo demostrarse. Posteriores interpretaciones señalan al tiburón sarda como posible culpable, pero en aquel momento el jaquetón cargó con la culpa. Benchley incorporó al argumento de tiburón la teoría de “tiburón descarriado”, según la cual un único tiburón hambriento recorría las playas de una determinada zona intentando satisfacer su ansia de carne humana. Más entrado el siglo, los ataques de tiburones adquirieron la categoría de noticias de primera página, sobre todo en África del Sur y Australia. En 1959 el Instituto Americano de Ciencias Biológicas constituyó el Grupo de Investigación sobre Tiburones, que recogía datos de ataques de tiburones en todo el mundo. El Archivo de Ataques de Tiburones, que se mantiene en el laboratorio marino de Mote (Saratosa, Florida), fue revisado por H. David Baldridge, que fue el primero en elaborar un informe de los datos contenidos en él y luego escribió un popular libro llamado Shark attack . Se publico en 1975 y en la solapa se decía: “Relatos verdaderos de ataques de tiburones al hombre; hechos más terroríficos que la ficción de Tiburón”. Se escribieron otros libros pero los tiburones no necesitaban confiar en la letra impresa para que se hablara de ellos. Lo estaban haciendo muy bien por su cuenta. En definitiva en la década de los setenta se elevo al tiburón a categorías míticas; se convirtió en una de las leyendas de nuestra cultura.
El jaquetón ha llegado a representar a todos los tiburones porque, en cierto modo, es todos los tiburones. Es grande, fuerte, extremadamente peligroso y aterrador cuando se le contempla. Tiene todo lo que caracteriza a un tiburón voraz: dientes serrados afilados como navajas, un despiadado ojo negro y por supuesto, esa aleta dorsal triangular tan fundamental, siempre cortando el agua. De todos los grandes animales depredadores, el jaquetón probablemente es el más peligroso para el hombre. Las cobras matan mucha más gente en la India que los tiburones en todo el mundo, pero como no se comen a sus víctimas, no tienen la misma reputación, al menos en los países occidentales. Algunas especies de grandes tiburones como la gata nodriza, el tiburón galano y el pez toro se pueden mantener en acuario, pero todos los intentos de mantener jaquetones y sus parientes, majarros y cailones, en cautividad han fracasado estrepitosamente. Es por eso que podemos ver al jaquetón como una amenaza ignata, inalcanzable incluso para los que quieren aprender algo más de él.
El tiburón ocupa un hábitat que escapa a nuestra compresión terrestre. A pesar de los avances tecnológicos que nos han permitido penetrar en el agua, lo hacemos como intrusos en un mundo ajeno y claramente hostil. Así, quizás es nuestro miedo atávico de ser devorados el que provoca distanciamiento y al mismo tiempo una molesta proximidad en nuestra relación con el tiburón. Al fin y al cabo es el único animal de la Tierra del que tememos que nos coma; esta es la materia de que están hechas las leyendas. Así, los tiburones, debido a una publicidad exagerada, han sido siempre mejor conocidos como cazadores que esperan ansiosamente debajo del agua para devorar a la gente. Sin embargo existen otros aspectos mucho más interesantes y beneficiosos, los cuales son desconocidos por el público en general. Estudios realizados recientemente en diversos acuarios y laboratorios marinos han demostrado que los tiburones tienen el potencial de salvar miles de vidas. Por ejemplo: a los tiburones no les da cáncer, su sistema inmune tiene una proteína que retarda el crecimiento de tumores. Si esta proteína es factible de ser usada en los humanos, quizás pudieran desarrollarse medicamentos contra el cáncer.
Mucho de lo que sabemos sobre la función de los riñones humanos se descubrió trabajando con tiburones. El componente principal del cartílago, del cual está formado el esqueleto entero de los tiburones, se ha usado para crear piel artificial para víctimas de quemaduras. Se han hecho trasplantes exitosos de córneas de tiburón en ojos humanos. El aceite de hígado de tiburón es el ingrediente básico en la elaboración de diversos medicamentos.
El sistema inmune de los tiburones crea anticuerpos generales y no específicos como el nuestro; esto quiere decir que el anticuerpo puede combatir una enfermedad desde que se expone a ella. Finalmente, estudios de estas propiedades pueden ser muy importantes en la lucha contra distintos virus.
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